TESTIMONIO DE ROLANDO GOYAUD

Mientras miraba caer las hojas marchitas de los árboles, un automóvil rojo estacionó frente al Museo.

La joven conductora ayudó a bajar a un anciano y ambos entraron. Ella era asistente social del geriátrico “Casa Sol” de Ituzaingó y su acompañante Atilio Soria un paciente que le había pedido visitar el Museo para dejar una medalla que atesoraba desde hacía más de medio siglo y de la que nunca se hubiese desprendido, pero que por su avanzada edad y por el temor que la medalla tuviese un destino incierto, había tomado la decisión de entregarla al director.

Mientras apretaba contra su pecho un envoltorio semejante a un cuadro de unos 20 centímetros de lado, me dijo que entre 1945 y 1955 había trabajado en la Aduana Nacional, que su misión era controlar la mercadería que entraba al país, pero que en aquella época el personal sindical, policial y gente del ministerio, le ponían inconvenientes y trabas que le impedían cumplir con las inspecciones.

Un día cuatro de sus compañeros le dijeron que iban a conocer a Evita y lo invitaron a ir con ellos, así se sumó al grupo. Esperaron en un gran salón formando un nervioso semicírculo frente a una puerta doble de madera.

Al rato la puerta se abrió y apareció Evita acompañada por dos hombres y tres mujeres. Con una sonrisa se dirigió al grupo, al primero le tomó la mano, le preguntó cómo se llamaba y dónde trabajaba y así fue tomándoles a todos las manos y preguntándoles nombres y empleos. El último, impresionado y conmovido, le respondió:

-Me llamo Atilio Soria, trabajo en la Aduana, pero no me dejan trabajar.

Evita se sorprendió, se puso seria y le preguntó la razón.

-No quieren que controle la mercadería que entra al país –afirmó.

-¿Quiénes?

-Gente del sindicato, de la policía y del ministerio.

-¡Ah.... ¿sí!? –exclamó con cierto desencanto Evita.

-Mirá, vamos a hacer una cosa –sacó de un bolsillo una medalla, la puso en la mano de Soria y mirándolo fijamente agregó:

-Guardá esta medalla en tu bolsillo y hacé tu trabajo. Cuando vengan a molestarte, les mostrás la medalla y después venís y me contás qué pasó.

Y dirigiéndose a los hombres y mujeres que la acompañaban, les dijo: -El compañero puede venir cuando quiera –Evita saludó y se retiró.

Entonces, le pregunté qué había pasado en la Aduana a partir de su encuentro con la Primera Dama.

-Fue santo remedio –me contestó Soria-. Les mostraba la medalla y sin decir nada se iban. Por eso quiero dejársela a usted que cuida todo.

Me ofreció el envoltorio que hasta el último minuto mantuvo contra su pecho como si fuera un Santo Grial. Lo desenvolví en su presencia y allí enmarcada, estaba la medalla que Evita entregó al vecino de Ituzaingó Atilio Soria. Desde entonces se exhibe en el Museo y hasta viajó a Ameghino donde la acarició la licenciada Andrea García, intendente de esa Municipalidad.

Fuente: Atilio Soria.

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